Carta A Mi Persona Favorita

Si me hubieses visto esa noche no sé qué hubiese sido de nosotros. Quizás yo no estaría acá escribiéndote esto. No habían pasado siquiera 15 días desde que nos conocimos aquel 30 de diciembre, y era tan solo el sexto, séptimo día que compartíamos juntos. Creo que jamás hubieses comprendido lo que me pasaba. O tal vez sí, porque incluso a veces sin entenderme fue justamente eso lo que hiciste conmigo desde un primer momento: escucharme, conocerme y tratar de comprenderme, como me quedó claro desde esa tarde de mates y luna llena en Montjuic. Te arruiné un poco tu última noche en Barcelona y me sentí un tarado y un egoísta por hacerlo. Te juro que me contuve una y otra vez diciéndome que no tenías por qué comerte el embole de soportar a este tonto sensible. Vos me habías dicho que no te gustaban las despedidas y el drama, además. Pero cada segundo que pasaba esa noche me dolía un poco más. Encima Mayki te entretuvo y me secuestró un montón de minutos, ¿te acordas? La quería matar, se me ocurrieron insultos muy ingeniosos contra su persona mientras cocinaba ese risotto con sabor amargo y melancólico. La zanahoria estaba dura, los champiñones gomosos y la panceta cruda, y vos no aparecías. Estabas en la pieza hablando de Alicante con ella y de reconfigurar tu viaje para pasar por Granada, siguiendo sus benditas sugerencias. Yo escuchaba la conversación que ustedes tenían y cada intervención de Mayki era una daga directa mi mente. «Ya está, terminá de una vez, ¿no te das cuenta que se me va en unas horas y la quiero toda para mí? Aunque sea convencela para que se quedé acá». La castigué tanto por dentro… Pobre Mayki, estuve casi una semana tratándola medio mal y ni siquiera se enteró por qué. Ella simplemente era buena y charlaba, no se daba cuenta que me robaba los últimos minutos que tenía para compartir con vos. Te ibas en unas horas y yo solo esperaba que vengas, me abraces por atrás mientras rehogaba las verduras y me digas que te habías arrepentido y te ibas a quedar conmigo en Barcelona. No me entraba en la cabeza, no entendía por qué tardé tanto tiempo en encontrarte y ya te me ibas. Comimos apurados y salimos para la terminal. En el camino me fui conteniendo y no te diste cuenta, pero casi se me caen unas lagrimas cuando me dijiste que no me acostumbre a los mensajes y esas cosas porque vos eras más “tranqui”. Ahí entendí que no solo no te iba a ver nunca más, sino que perder el contacto era cuestión de algunos días. Y llegamos a la estación. Quisiste hacer todo rápido para evitar mi despedida. Un beso, un abrazo y te subiste. “No la hagas larga, por favor”. Y con vos sentí que subió al bus una parte de mi vida. Yo creía que me quedaba sin algo, no sé bien qué, pero me sentía ultrajado, herido, vacío y solitario de nuevo. Me quedé mirando al conductor con una bronca inexplicable. Miré para todos lados. Eran la una de la mañana ya pasadas y los rostros de esa estación no hacían más que aumentar la angustia y colmar de desolación toda la escena. Cuando las ruedas empezaron a girar me largué a llorar como un nene. Hacía tiempo creo que no lloraba así. Daba vueltas en mí para que no me veas y miraba todo de reojo. Los rostros, el vehículo que se marchaba, el amor que se me escapaba, todo un frío que me llenaba de soledad el cuerpo y me congelaba los pensamientos. Después me contaste que me saludaste por la ventana y yo no te di bola. Jamás vi eso, no pude verlo. Me volví caminando destruido por Carrer de Sardenya hasta Guinardó, donde mi habitación de dos por dos y mi cama chanfleada me esperaban. En el camino fui escribiéndote un texto que te mandé ahí mismo[1] y un intento de letra que terminaba así:

Solo busco coincidencias

Voy de a tumbos por mi senda

Con una frase en la cabeza:

Doy mil viajes por vivir todo de vuelta

Esa noche el colchón se sentía más húmedo que lo habitual, los muebles me acosaban y la ventana no alcanzaba. Y vos ya no estabas. Esta vez me quedaba desvelado toda la noche, pero no por hacerte mimos y admirar tu belleza como esa primera noche en Barcelona, que hoy recordamos con gracia. Cómo me preparé para recibirte, lo ansié tanto… era todo un suceso para mí, quería que absolutamente todo esté perfecto y cuidado. Nada salió perfecto, pero ahí estabas vos con tu sonrisa para calmarme y sacarme presiones. Tenía casi tantos miedos antes de que llegaras como cuando me vine para acá. En la cama fui un festival de sollozos y lamentos, me costaba mucho ver el lado hermoso de todo, aunque bien sabía que lo tenía. Yo sabía que eras como una estrella que se posó en mi vida para iluminarme, una persona que pasaba para dejarme lecciones y aprendizajes y seguía camino. Pero no quería eso, yo no quería quedar perdido en el camino. Me levanté descafeinado y desnudo como un damasco fallido, vacío, muy vacío. Tenía los ojos hinchados, un poco por las pocas horas de sueño y un poco por el llanto desconsolado de la estación, que me persiguió hasta los últimos suspiros de esa noche. Volví llorando, recordando los momentos que habíamos vivido y pensando que nunca más nos veríamos. ¿Viste cuando sentís que te sacaron algo que te correspondía? Esa injusticia sentí. Y no porque me correspondas, lejos estoy de pensar en esos términos, más bien porque sentía que lo que había vivido todos esos días desde que te conocí era lo que me correspondía vivir. Es inexplicable todo lo que experimenté esos días, me sentí básicamente vivo y desde ahí nunca más quise volver a mi antiguo transitar. La vida tenía que ser así, no podía ser como yo la venía viviendo. Tal vez fue un sentimiento parecido al que tenías vos en Madrid ese primero de febrero, cuando sentías que te sacaban de un lugar que te pertenecía. No me olvido más tu carita esa tarde que te ibas, me hería verte mal, pero a la vez sabía que volvías llena de aventuras, aprendizajes y crecimientos a la Argentina. Y también sabía que volverías, que esa no sería tu primera experiencia en tu querido viejo continente, en el cual muy pronto brillarás.

Me senté al lado de Akin en la facultad y él lo notó. Solo le dije “se fue, se terminó” y entendió todo. Es el alemán más raro que conocí en mi vida. Dulce, empático, sensible. Creo que sus raíces turcas se comieron un poco la flor y no se contentaron con sostener la cosa. Él fue testigo de mi cambio, siempre jodía con que volvió otro Damián de Francia uh la la señor francés me como el mundo con un cinco y un alfil. En el medio de la segunda clase llegó el mensaje, no me acuerdo qué decía, pero ya decía mucho, y quizás ese “soy más tranqui” no era en realidad un soy más tranqui sino toda una declaración de principios y orgullos.

Después vino Porto. Esta vez Mayki se redimió. Me empujó como nadie, desde que le conté que me moría de ganas de volverte a ver y que tenía en mente decirte de ir a tu encuentro donde sea y cuando sea que dispongas. Me costó animarme a decírtelo. Mayki me preguntó cada dos horas y 23 minutos durante una semana entera si ya me había animado. “¿Y, le has dicho a Anto o qué?”. Hasta que un día en la cocina mientras manteníamos una de nuestras interesantes conversaciones sobre política y amores le dije que era el momento, que a la hora del yogurt con granola y pistachos te iba a decir lo que se me cruzaba por la cabeza. Ya teníamos planeado todo con Mayki. Valencia muy sobre la fecha, Lisboa no porque me acordaba que querías ir sola o algo así, Porto y Madrid eran la mejor opción, por tiempos y precios. Además, se suponía que iría con Adrián y Stefan a Madrid justo a fin de mes, era todo perfecto. Y te lo dije. Te lo dije y me dijiste que era un boludo por haber dudado tanto. Y tenías razón, pero no quería invadir tu viaje. Y ahí vino otra de tus frases, “mira que no va a pasar nada. O sea, si, no, pero puede, quiero decir, vení y vemos, puede pasar como no, pero no quiero que sientas que tiene que debe puede pasar porque tiene que tiene”. Y en esa cocina prestada con vista al mar, neblina sepia y revoloteos gaviotiles de por medio, me miraste con esos ojos tan dulces y hermosos y me besaste. Y ahí también moría porque eso pase. Llegué, nos abrazamos fríamente bajo la lluvia, cocinamos y mientras me contabas cosas del viaje yo solo esperaba ese beso, lo ansiaba como a nada en el mundo. ¿Te acordás cómo temblé esa noche en Porto? Cuánto pasó de eso. Aun sigo con algunas de esas reacciones, como el otro día en tu casa, cuando me latía muy rápido y fuerte el corazón. Es que me pasan cosas con vos, no sé si te diste cuenta. El amor que te tengo es una de mis grandes pasiones en la vida, es una pasión que a veces ni yo me explico (bueno, sí me explico, quiero decir, entiendo todo y tiene sentido, pero igual me sorprendo). Y a veces me lo cuestiono, me pregunto si está bien eso, porque siempre pensé que había que tener pasiones que dependan de uno y que la felicidad no podía basarse en otras personas y bla bla bla. Hoy todos esos pensamientos me parecen tan lejanos y absurdos…  hago lo que siento y así me siento completo. Creo que tengo un montón de pasiones y cosas que me gustan, disfruto de muchas cosas y tengo proyectos a futuro. Pero nada lo disfruto tanto como cada caricia que nos damos, cada abrazo cuando nos acostamos y cada risa cuando boludeamos. Siento que encontré una compañía perfecta. Me sigo convenciendo de que haberte conocido es una especie de milagro que me cambió increíblemente, y de que soy un afortunado por tenerte en mi camino. Sos buena, generosa, divertida, talentosa, compañera, cascarrabias y enojona en dosis dulce y sincera, abierta, espontánea y muchísimas cosas más. ¿Recordás cuando subíamos por las escaleras mecánicas de las galerías Lafayette? Apenas nos presentábamos y, bueno, yo ahí ya sabía todo eso. Vi todo eso en vos y más apenas te divisé a lo lejos en esa esquina caótica de Gare du Nord. Ya sabía mucho de cómo eras con solo mirarte a los ojos, y en cuestión de unos segundos y algunas palabras me fui enamorando. Lo que no imaginé en esos momentos, aunque después sí, es que iba a tener la fortuna de acompañarte tanto tiempo. Supe que te amaba desde el primer segundo y recuerdo esas sensaciones que viví al conocerte cada vez que te abrazo y te beso. ¡Cómo me moría por dentro por abrazarte en las calles de Paris ese 30 de diciembre! Supongo que hubiese pasado por loco, pero algo extraño me pasaba. Cada palabra que decías, cada risa y cada mirada era un mensaje directo a lo más profundo de mi corazón, una incitación a mi valentía y mi coraje para que te frene, te agarre de las manos y te diga “perdón, pero ya te amo”. Me acuerdo como si fuera hoy cuando viste la Torre Eiffel por ese callejón divino y te emocionaste, yo me derretí por dentro. Y después disfruté tanto cuando te saqué las fotos en el puente que cruza el Sena justo frente a la torre. Te miraba a través del visor de la cámara y solo pensaba en retratarte para siempre. Me quedé obnubilado por tu belleza de rasgos tan particulares y tiernos y creo que usé la cámara de escudo para ocultar por un rato mi repentino enamoramiento.

Pero no te dije absolutamente nada, porque si algo tengo es que premedito las cosas una y otra vez. Hice y deshice para pasar con vos Año Nuevo y aun así no me animé a decirte nada esa noche del 31. Diversos pensamientos y sentimientos me quemaban por dentro. Por momentos me empujaba y me decía para mí mismo “ya está, ¿qué perdés?”, pero algo sucedía y me frenaba. Era frustrante. Era como si hubiese estado habitando una disociación muy fuerte y compleja en mi interior. Yo te juro que hacía todo por decirte de alguna manera sin pasar por desquiciado que te amaba y que me moría por besarte. Mi mundo y mi vida solo giraban en torno a eso por esas horas. No había viaje ni proyectos, solo había una meta: romper mis barreras internas y abrazarte para siempre. Y hoy me pasa un poco lo mismo. Cuando me levanto y te miro a mi lado solo pienso en que te despiertes y te vengas a recostar sobre mi pecho para seguir durmiendo, mientras yo te abrazo y te acaricio. Y cuando sucede, te juro que no hay nada más en el mundo para mí; es caer en clichés, pero podría estar toda la vida así, o abrazándote en la cama desde atrás mirando algo en la tele, en “nuestra posición”.

Esa noche del 31 volvimos cerca de las 5 de la mañana y hacía un frío de cagarse. Yo temblaba y lo sufría, pero por dentro no me importaba mucho, quería que esa charla bajo tu manta en las escaleritas del Louvre sea eterna, quería que tu hostel quede en Argentina o más allá, no en Montmartre, no tan solo a sesenta cuadras. Pero llegamos a ese barrio tan hermoso y empecé a darme cuenta de que esto se terminaba. Al día siguiente yo partía y ya era tarde para animarme a decirte lo que sentía. Me hiciste pasar a tu hostel, nos sentamos en la mesa, hablamos un rato mientras yo te miraba con un amor tan grande… me moría de amor, de verdad. Aún recuerdo tu manchita tierna de vino en tus labios… cómo te miraba la boca, no me podía ir, no me podía ir sin decirte todo pero seguía sin animarme, hasta que me resigné y te dije que me iba. Te regalé ese pan como si te estuviera ofreciendo un bonito ramo de flores y me quisiste acompañar toda desabrigada a la puerta. Salimos, te pusiste de espalda a la calle, me miraste a los ojos y viniste hacia mí. Fue un instante de sorpresa, realmente no lo esperaba, no imaginaba que podía pasar, pero hoy a uno año lo escribo y todavía se me enfría el pecho y me emociono por dentro. Me besaste y mi vida cambió para siempre. Hace poco me preguntaron qué aprendí este año. Por dentro pensé rápidamente en varias respuestas: todo; a amar; a vivir; que la vida es bella y más. Y te me apareciste vos y cómo no ibas a aparecer vos si nos conocimos hace exactamente un año y conocí la vida. Borges dice en un cuento, no recuerdo cuál, que el destino de un hombre en realidad consta de un solo momento, por más largo y complicado que sea, y es en ese momento, en ese instante, en el que el hombre entiende para siempre quién es. Mi destino se marcó esa noche buena, o noche vieja como allá le llaman. Y en realidad fue en este 2020, porque me besaste cerca de las 6 de la mañana. Y volví bordeando el canal Saint Martin bailando de alegría por dentro, porque me transformé de repente en alguien feliz y porque comprendí quién era para siempre.

La despedida en Madrid fue distinta. No me querías dejar que te acompañe al aeropuerto, pero la habíamos pasado lindo todo el día paseando y charlando en el Parque del Retiro, y yo sabía que al final ibas a ceder y me ibas a dejar. Creo que querías tener tu momento sola, pero ibas cargada y angustiada por llegar al final del viaje y sentí que tenía que acompañarte. En el parque tuvimos unas charlas hermosas, divertidas. Y en el aeropuerto estuve tranquilo, era tu momento. Además, la despedida no la sentí como tal esa vez, creo que ya entendía que estaríamos conectados de alguna manera por mucho tiempo. Nuestra relación mutaba hacia la amistad o lo que sea, según lo que habíamos hablado, y no me molestaba, pero en algún punto sabía que no iba a ser tan así. Yo ya nos veía con una conexión un poco más grande y por más “no me voy a enamorar de nuevo eh” no iba a parar hasta descubrir qué era lo que nos guardaba esa conexión. Y nos besamos, nos abrazamos y te fuiste. Otra vez me pediste que no la alarguemos, pero esta vez estaba demás el pedido. No lo iba a hacer. Te ibas, pero yo ya no te perdía. Me acuerdo la sensación que tuve cuando te diste vuelta y marchaste. Me quedé sonriendo, esperando que me mires de nuevo a lo lejos y me regales otra de tus sonrisas tan divinas. Y lo hiciste, me saludaste y con esa mirada nos dijimos hasta pronto. Yo ya entendía de alguna manera cómo seguía todo. No sabía que me volvería a Barcelona pendiente de que te reciban como te merecías, ni que esperaría cada mañana tu mensaje de buen día, ni que pasaría algunas noches enteras hablando por teléfono, ni mucho menos que un día estaríamos en videollamada por más de 7 horas, ni que me volvería a Argentina en gran parte para estar contigo. Pero sí supe apenas cruzaste la puerta de embarque en Barajas que esa no sería nuestra última aventura.

Te escribo esto desde Rio Grande, donde te espero para, primero, abrazarte y no soltarte por mucho tiempo, para mimarte y besarte como aquel día; y, segundo, para ser muy felices y seguir construyendo nuestra historia a través de los viajes y las aventuras, que nos atraviesan y nos dan forma. Este es el primero que hacemos juntos de espero muchos y no veo la hora de que arranque. Te espera hoy y siempre, tu compañero.

[1] Fragmentos del texto despedida, 14/1/2020 creo:

He conocido personas fantásticas, pero hablo en serio si digo que no recuerdo alguna como vos. Se que suena a enamoradizo y poco objetivo, pero no. Primero, la importancia del “enamorarse” para mi es bastante relativa. Me da más miedo la palabra amor en si, que el concepto de enamorarse. Segundo, gozas de toda una serie de cuestiones que pocas veces vi reunidas en una misma persona. Simpleza, humor, fuerza, coraje, historia, superación, cultura, don de la palabra. Todo esto sin mencionar tu fantástica belleza. Pienso que realmente me marcaste/estas marcando/marcarás en mi vida. No me alcanza la vida para hacer entender a nadie qué es lo que habita en mi cabeza, pero créeme que digo la verdad. Como te dije, desde que te conocí camino con una confianza un poco más elevada. Ojalá que la vida nos cruce en nuestros caminos, sea de la forma que sea, porque las personas fantásticas no están preparadas para ser encasilladas en ningún rol frente a nada ni nadie. Y en el lugar que sea. En una van en medio de los acantilados escoceses, en una tocada, en una cama para dormir abrazados y mirarte por horas sin que te des cuenta, por casualidad o por encuentro en alguna calle bonaerense, o cómo y dónde sea.

(…) También dejame comentarte que creo, inclusive, que ahora empieza una parte linda de nuestra relación. ¿En calidad de qué? Supongo que de amigos o como se le digne a llamar, tampoco me interesa su clasificación. Espero poder ayudarte en cosas que para mí tal vez parecen más simples, como que te desveles ante el mundo y romantices esa quien sos. Por tu parte, a mi me es más fácil dar que recibir, pero tu magnetismo saco algo lindo de mí, y espero poder seguir recibiendo tu palabra, tus consejos y tu aliento. Ya te dije: soy como un perro abandonado, me muestran un poco de cariño y ya empiezo a mover la cola. Y si el futuro nos ha de encontrar, que sea en nuestra mejor ocasión, quesea conmigo en tu nivel en todo sentido, para que lo que sea que hagamos sea una sensación.

Tu esencia es tu más dulce canción, ojalá nadie pueda desafinar tu corazón. Y si alguien alguna vez te maltrata o te destrata, acordate que ya estoy ahorrando para la van y siempre tendré lugar para vos (…).

 

 

 

 

todo pasó

y sin embargo

 

 

 

Facebook Comments

You may also like

A %d blogueros les gusta esto: