Paris Fue Una Fiesta Uncensored

No tengo la más remota idea de cómo acabará todo esto. En algunas horas nos volvemos a encontrar y pasados unos días llega el final. Será en Barcelona, mi nueva ciudad, en la cual me siento propio y ajeno. Ahora mismo estoy sentado en la cima de los Bunkers y pienso en la cómica coincidencia de que un sitio con este nombre sea ahora mi lugar. Hay diversos asientos y escondites variopintos por acá, lejos de las multitudes que a veces merodean el lugar, pero busco especialmente la roca cuadrada en el vértice que apunta al oeste, donde pegan directo los rayos del sol y de vez en cuando se acerca algún pájaro a jugar. Habiendo tantos otros sitios perfectos en esta especie de monte dentro de la ciudad, ¿por qué vengo justo acá? Si cerca de las 17 siempre se satura y se vicia de malestar, me cuestiono. Pero ya no quiero estar solo. No es que busque anularme y aturdirme con cualquier compañía, pero sabiendo que por ahí hay alguien trae cierta calma la soledad.

Muchas cosas pueden pasar en estos tres próximos días, muchas de ellas me competen pero no son exclusivamente mi responsabilidad. Que se me crea, todo lo puedo estropear; soy experto para eso y esa es la realidad. Quizás le dejo de gustar, quizás ya no me escucha con la atención de un niño a su papá, quizás ya no sucede como en la vereda Champs de Elysee y otras cosas empiezan a importar. No lo sé, muchas cosas me escapan. Sí sé lo que significaron y lo que significan estos días para mi. Quisiera que fueran eternos, aunque de seguro perderían parte de su atracción. Ya no escribo de la vida, de mi búsqueda de la verdad, de mi disconformismo con el mundo y el humano actual. Solo escribo desde acá. Mis pensamientos duermen, es el momento de mi libertad.

Sigo sin entender cómo la vida nos puso en este lugar. No creo ni en mis propias ideas, pero no puede ser casualidad. Soy consciente de lo que significa para ambos, y de lo que no. Para mi es un poco el todo, mi futuro. Para ella, tal vez y con mucha lógica, una experiencia más. Hoy camino con la confianza de quien lleva un ejército en sus espaldas, entregado al mundo de la realidad. Hace tiempo no intentaba contagiarme de verdad.
Con el tiempo me fui volviendo más introvertido, más cerrado y más tímido. Cada año, cada mes, cada día que pasa lo voy sintiendo en mi soledad. Pero ella despertó algo en mi que espero sea difícil de apagar. Algo que sin dudas he sentido, pero casi nunca quise transitar. Tal vez el tiempo, la edad, las circunstancias y el lugar jugaron su papel, hoy solo lo quiero aprovechar.

Desde antes de conocerla supe que algo de su arte me iba a enganchar. Es la tarde del 30 de diciembre, cerca de la estación central, nos vemos por primera vez y ya no hace falta ni dudar. Su mirada, su estilo, su voz, su etérea sonrisa, su aura, su reflejo, todo eso le conocí en esa esquina de la ciudad. Yo estaba un poco nervioso, como siempre que voy a conocer a alguien o introducirme a un nuevo lugar. Pero esta vez era distinto, ya habíamos entrado de alguna manera en confianza a través de instagram. Y apenas cruzamos unas miradas ya sabía cómo teníamos que terminar. Ese primer día me volví al departamento de los amigos de mi prima muy contento. Me hace bien hablar y suelo volverme contento cuando encuentro alguien para practicar. Pero acá había algo más. Yo estaba en el medio de un viaje incierto, esa noche debía sentarme a planificar porque me tenía que marchar. No obstante, ya había conseguido pasar la noche vieja en Paris, mi querida ciudad. Me costaba dejarla ya de por si, es cierto, y tampoco conseguía alojamiento por ningún lado. Pero la realidad es que solo quería pasar la noche vieja con ella, no importaba cual fuera el lugar. Finalmente terminé sacando un ticket de tren para el 2 de Enero a las 8 de la mañana. Mi plan era volver a recorrer la noche del 1 Paris de noche con ella, sea cual sea el resultado de la noche anterior. En el peor de los casos, recorría sólo y dormía unas horas en la Gard du Austerlitz cuando abriera, cerca de las 5 de la mañana, desde donde partía mi tren rumbo a Brive La Gaillarde.

Pasadas las primeras horas del año 2020, me empezaba a preocupar. Estaba siendo muy feliz esa noche pero del final empezaba a dudar. No es que me hubiese molestado simplemente ser su amigo, pero me volvía loco la idea de besar sus labios y poderla abrazar. Cuando le contaba mis problemas con la vida y las relaciones humanas y me decía “ya vas a encontrar a alguien” moría por dentro, era como volver a celebrar un cumpleaños de pendejo o alguna de esas fiestas que tanto aborrezco. Pero si vos sos ese alguien, pensaba. Ya sé cómo son las cosas, por más que haya pasado la mayor parte de mi vida consciente fuera de todo este tipo de sensaciones hermosas he sido un gran observador y un gran aprendiz. Mis fantasías terminan en el límite del sentido común, que pese a todo pronóstico creo que es bastante atinado en mi. Sin embargo, en ese preciso momento era ella. No me importaba que viva a 13000 kilómetros, ni que fuese el segundo día que nos veíamos y probablemente uno de los últimos, ni incluso que le guste el kuelgue y sea de independiente. Era ella.

Yo sé que develo mis secretos (en confianza y no todos, aunque bien me haría) muy fácilmente. Convivo con la fantasía y mis ideas románticas de mundos propios. Así y todo, hay veces que hasta yo mismo me sorprendo. Generalmente cambio de ideas con una facilidad y simpleza envidiable si lo que se quiere es ser un perfecto mequetrefe. Es más, a veces me anoto pensamientos por el simple temor de olvidarlos, o posturas sobre diversos temas. Pero hay algo que ella tiene que excede todos mis circunloquios. Pocas cosas logran eso, algunos lineamientos, algunos intereses esenciales, un selecto grupo de personas y ya. Cuando llegamos al Louvre yo ya estaba un poco resignado. No sé si no había entendido los momentos (lo cual no sería extraño) o era simplemente que no se daba. Tomamos un vino en las escalinatas frente a los Jardins de las Tulleries y charlamos un rato largo ahí tirados, muriendo de frío, tapados con una manta y esperando que se de ese ansiado beso (al menos así lo hacia mi persona). Pero no, esto ya lo había aprendido. A todas luces se me transpapeló entre algunas de las notas del teléfono. Quizás la de letras, la de textos, la de ideas o la de cosas para contarle al psicólogo, quién sabe. Si uno quiere algo lo tiene que buscar, es muy difícil que llegue sólo.

Cerca de las cuatro de la mañana decidimos emprender el retorno. Yo quería seguir caminando, así que la acompañe hasta su hostel en Montmartre. Me gusta mucho caminar, y Paris es el lugar ideal para hacerlo, como alguna vez flaneurearon Flaubert y Baudelaire. Pero, ¿a quien quiero mentir? Solo quería estirar esa noche. No tanto (o no solo) por el hecho de ver si podía conseguir ese final que tanto anhelaba sino más bien por lo mágico y lo memorable de esa velada. Son pocos los momentos en que realmente disfruto del arte de vivir, son pocos los momentos de felicidad plena que recuerdo en mis 26 años. Estoy convencido de que guardan gran relación con el presente, más precisamente con el hecho (bastante trillado, por cierto) de vivir el presente. Son escasos los ejemplos en que solo vivo en ese momento. Cuando los reconozco, me cuesta muchísimo soltarlos y los trato de alargar, corriendo muchas veces el riesgo de que se diluyan en el ostracismo de lo rutinario y de lo cierto. El gusto de lo efímero no es arte de la naturaleza. Solo quería unos minutos más caminando con ella, escuchando su hermosa historia, llena de matices y digna de alguien que viene para trascender y marcar camino, aprendiendo de su vida y sus vivencias, riéndome de sus movimientos y en definitiva disfrutando de empaparme de toda la presencia de su ser.

De camino a su casa, fuimos pasando por algunos lugares emblemáticos de la bella Paris, pero sinceramente no tengo la más mínima idea de cuáles fueron. Estaba perdido en sus palabras y en su canto. Imagino que pasamos por el Opera, por la Gare du Nord, por Moulin Rouge y algunas atracciones de Montmartre. Finalmente llegamos sobre las 5 a su alojamiento. El fuego de la noche se apagaba, lentamente como la vida se marchitaba. Solo quedaban algunas risas y miradas. Nos sentamos un rato en una de las mesas de su hostel y descansamos. Lo que no descansaba era la atracción que me provocaba. Ella tenía sus pequeños dientes rosados y su labio superior con una especie de resabio del vino que habíamos tomado, como si alguna gota en un arrebato completamente humano no la hubiese querido soltar por unos ratos. Yo la miraba a los ojos y la disfrutaba. Esta mujer es un espectáculo, me recordaba. Pasaron unos minutos y le dije que emprendía el regreso a casa, en la otra punta de la ciudad. Creo que el pan especial que le dejé surtió efecto: me quiso acompañar a la puerta, bastante suelta de abrigo como para lo que el clima ameritaba. Fui cabizbajo y a paso lento hacia la salida, como la gaviota que se acerca sigilosamente a buscar una misera miga, pero con el miedo de todo lo que ese “adversario” de tipo humano podría proporcionarle. Iba un poco triste también, con mi compañera la nostalgia golpeando las puertas de mi cerebro, lista para soltar todo su veneno. Era una mezcla de muchas cosas: placer por lo que fue esa noche que jamás olvidaría, pesadumbre por lo que no fue, futura nostalgia y más. Pero ella se cruzó de brazos frente a mi, o no se por qué así lo recuerdo, me miró a los ojos y todo volvió a aquella esquina de numerosas calles cerca de la estación central que, como la encrucijada mista de la vida, en encontrarla me hizo demorar un poco más.

Me volví con la sentencia en la cabeza de haber pasado la mejor noche de mi vida, escuchando el disco Amnesiac, como acostumbro en los días que por alguna razón siento más poder o más cercanía hacia algún sentimiento que me lleve a tierra bendecida. Bordeando el canal Saint Martin y pensando en lo bello que es para las personas que como uno cuentan los momentos de felicidad con los dedos de la mano, el hecho de recién haberlos transitado.

Historia completa en https://eselviaje.com/paris-fue-una-fiesta/

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