Paris Fue Una Fiesta

Es mi séptimo día en París. Se pasó volando, mierda. Me quedan aún dos días, pero siento que no bastarán para encontrar el tesoro que busco: la esencia de la ciudad. Tercera visita sin éxito, pienso. El 30 de diciembre me había comprometido a dejar el apartamento de los amigos de mi prima Nina, en el barrio de Bercy, el XII arrondisement. Vengo de un viaje largo, no en términos nominales, pero sí en cuanto a intensidad y agotamiento.

Partí desde Barcelona el 18 de diciembre, algunas horas después de terminar de rendir la última materia. Recorrí algunos pueblos de la hermosa región de Occitania, en Francia, alojándome en casas de familias y sufriendo todo tipo de alteraciones en mis planes a causa de la greve, la huelga general de transporte que tiene al país en velo desde hace ya algunas semanas. Tomé buses, combatí mi gastritis con baguettes tradición y bananas, hice dedo, dormí poco, practiqué francés, escribí, sentí y viví. París fue distinto. Uno se va a adaptando a las circunstancias al punto tal de sentirse un perfecto burgués inadaptado en el seno de una ciudad que pareciera hasta renegar de su pasado.

Me acosté un rato en la cama para relajar las piernas, que ya las tenía algo atrofiadas de tanto caminar. Había intentado ir a Saint Denis a pie, en una más de mis atrapantes y casi esquizofrénicas ideas. Terminé caminando cerca de unos 30 kilómetros y, para regocijo de quienes me advirtieron que no era un plan muy atinado, no pude llegar a destino. Estaba todo cortado por cordones policiales y vallas, debido a que era sábado y, como todo buen sábado en la deslucida capital francesa, había manifestación de Gillet Jaunes y transportistas. ¿Qué va? A la vuelta encontré la manifestación por la Gare du Nord y tuve mi cuota diaria de lucha social, de sentirme parte obtusamente de algún grupo que pretenda cambiar algo de este mundo tan podrido, de guerra y de adrenalina. Después de desconcentrar forzosa y lastimosamente, fui a encontrarme con Nina para beber algunas cervezas de esas de 5 euros que a ella tanto le gustan y yo tanto sufro. Cada sorbo era un puñal en el órgano más preciado de todo ser humano, la billetera, digo, el corazón. Pero yo estaba de visita y no podía imponer más que algunos rezongos y débiles cuestionamientos. Cuando volvimos, cenamos temprano y nos fuimos cada uno a su lugar. Bueno, yo me quedé en el living, en el cómodo sofá que hiciera de mi cama por toda la estadía parisina. Me tumbé vestido como estaba y empecé a pensar. Tomé el celular y mis notas fluían dulce y parsimoniosamente entre las secciones ideas, letras y textos de Francia. Todas versaban sobre la misma cuestión: la esencia de Paris, la soledad y mi yo de viaje. Sin embargo, había algo que merodeaba entre esos temas, como una especie de nubarrón que teñía de algún modo todas las ideas y los sentimientos que se le cruzaban por debajo: el día siguiente. Sentía verdaderamente que podía ser finalmente el día del viaje, es decir, ese que marque un antes y un después dentro del todo. Pero pronto corté todo pensamiento y me avoqué a la tarea de planificar los próximos pasos a seguir en mi viaje. Me preocupaba de sobremanera dónde iría a pasar la noche del 31, fecha especial para tanta gente y por rebote para casi todo el mundo. Digo de rebote, incluyéndome en ese lado del mundo, dado que es una fecha en la que uno siente más a flor de piel cualquier compañía o peor aún la no compañía. El día siguiente era el que había elegido de mutuo acuerdo con Nina para dejar la ciudad y seguir rumbo para algún otro destino. Pero no podía decidirme cómo continuar. Ah, antes de eso ya había logrado mover el día de partida para el 31 para poder transitar felizmente el que yo pensaba podía ser el gran día. Pero ahora el problema era qué hacer entonces, dónde ir el 31, con quién pasarlo ya que Nina se iba por la mañana a casa de unos amigos en Alemania, en el recóndito pueblito de Ulm. Yo se suponía debía largarme de la casa con ella, para que lleguen sus amigos y la vean limpia, tranquila y sin ningún parásito que se le esté adhiriendo al sofá. El gran problema de todo era mi presupuesto, no podía permitirme pagar un alojamiento. A su vez, y a raíz de ese problema, la otra cuestión que me carcomía el cerebro era cómo lograr conseguir alguien en Coachsurfing que se preste a alojarme ¡la noche de año nuevo! A decir verdad, también sentía un poco de pudor al preguntarlo. Todo esto dentro de la huelga general, para agregar más confusión y suspenso al asunto.

Pasé algunas horas en vano planificando, buscando posibilidades y pensando vericuetos para pasar el 31 en vilo y después llegar a algún lugar sobre el 1 de enero. Eso lo tenía casi decidido llegada la medianoche: pasaría la noche vieja, como en Europa se le llama, en París. Sin importar el cómo, el dónde ni el con quién. “Me voy para el Sena, con la mochila y mis cosas, lo estiro lo más posible y me voy para la estación desde donde parta mi bendito próximo trayecto”. Otro problema, a Nina no le había contado nada y ella ya empezaba a preguntarme sobre qué haría, dónde me iría. Por momentos pensé que incluso me invitaba a retirarme del apartamento y de Paris con sus poco encubiertas sugerencias, pero después me di cuenta de que no, que simplemente quería ayudarme (o eso creo). No soy muy molesto en convivencia, pero sí habíamos chocado bastante, principalmente por mi devoción por el pueblo francés. Bueno, soy un poco molesto. Pero estoy grande y ya no me interesa tanto imponer condiciones, al menos en cuestiones banales como las de convivencia. También discutíamos un poco por mi aparente y hasta a veces forzada neutralidad en temas vitales para su existencia y por mi displicencia en torno a cada posible causa de indignación que ella encontrara. Y yo, para ser sincero, tengo algo de experiencia y de tacto para molestar a la gente, especialmente a aquellos que como Nina poseen una mirada bastante binaria (tal vez por el hecho de ser matemática) en cada tema. La noche de navidad – esto es gracioso – se terminó enojando temprano por esa devoción. Sucedió que yo, como acostumbro a hacer casi siempre, generé un personaje; esta vez el del argentino embelesado y enamorado de Francia, tratando de hablar su idioma, imitando sus gestos y hasta apoderándome de su ciudadanía momentáneamente para pasar a hablar de “nosotros los franceses”. Claro, somos primos, pero no tenemos una relación muy cotidiana. Jamás imaginé que pudiera estar tomando todo lo que yo decía en serio, porque además muchas de esas cosas contradecían estúpidamente otras cuestiones que ya habíamos hablado (sea patria, cultura, política, mi renovado sentido de pertenencia para con Argentina, etc). Admito que hay veces que ya ni yo sé si me estoy contradiciendo en lo que digo o sostengo, pero eso es otro tema. Entonces empezó a tomar calor y a enfadarse. “No podés venir acá a burlarte de mí y refregarme en la cara que amas a los franceses. Vos sabes todo lo que me hacen y cómo lo sufro”. Luego de esa frase, con gestos poco amistosos y mirada algo enervada, entendí que se había enojado en serio. Traté de explicarle que Paris no es Francia, y que los franceses no somos parisinos, no son quiero decir, pero no surtió efecto. Me callé, un poco indignado por la situación, y seguimos caminando en silencio. Después eso quedó en el olvido, pero no pude continuar reluciendo mi aceitado personaje. Como sea, los tiempos me corrían, pero ya no tenía fuerzas para seguir despierto ni buscando más pasajes o alojamientos. Además, el efecto de ese siguiente día todavía seguía ahí, era casi lo único que me importaba. Por más que tenía mil cosas en la mente, todo terminaba en aquel día.

Y llegó. Por la mañana me fui a Saint Denis. Si, volví a Saint Denis, esta vez en plan más humano racional, adulto y precavido: en metro. El destino cubría de magia ese día. Todos mis planes a corto plazo chocaban y dependían de ese destino en las calles de París. De ser satisfechas mis especulaciones, sólo quedaba algo por hacer, hablar con Nina que me esperaba sobre las 18 en otro de esos bares llenos de flores, elegancia, amistad, colores y billetes de 5 euros lloviendo desde el cielo con la princesa Europa saliéndose del papel para cagárseme de risa, para decirle que pasaría la noche en París y el primero de enero me iría, que no se preocupe por mí y que por supuesto la tarde del 31 me marchaba de lo de sus amigos. Pero había algo que ese día empezaba a opacar, o intentaba al menos hacerlo, un poco todo. Cuando desayunábamos, Nina me contó que le habían cancelado su tren de ida, y que estaba moviéndose para ver qué hacer pero que no sabía si finalmente pasaría la noche vieja en Alemania. En la basílica de Saint Denis eso me aturdió por completo. Creo que cuando me lo dijo no había prestado la suficiente atención. No es que me molestara pasar la noche vieja con ella, pero eso modificaba bastante mis planes. Si finalmente se quedaba en París, quizás me obligaba a pagar un alojamiento y, lo que es peor, si el destino de ese día acababa por cumplir con todas mis expectativas, iba a tener que soltarlo rápidamente y quizás no podría pasar año nuevo ahí, como había de alguna manera pensado. Rápidamente me entretuve con las tumbas de los reyes de Francia en la cripta y se me fue pasando. Después salí y me fui a pasear por el mercado del barrio un rato. Eran cerca de las 13 así que decidí comprar mi desayuno de siempre (durante el viaje), una deliciosa baguette tradición, y partir al encuentro.

Tomé el RER y me bajé en la Gare Du Nord. Caminé hacia aquella esquina de numerosas calles, no sin perderme un poco, donde me esperaba la mismísima esencia de París, la esencia de este viaje. Unos minutos antes se me había ocurrido una canción, o una letra para ser más preciso, que rezaba algo así:

Sigo volviendo al sueño

De aquel día que fue un trueno

En mi verdad y en donde voy

Quitar el sueño es no ver

Que hay una soga en el balcón

Atada para el destino

De ese divino y loco amor

Colgarla a tiempo es vencer

Es que venía reflexionando acerca de esta tercera visita parisina. Ya se me agotaban los itinerarios y también las ganas de seguir visitando lugares a los que ya había ido tan solo para ver cómo estaban o para sacar algunas fotos. Pero Paris es mi ciudad preferida en el mundo, pensaba, algo raro estaba sucediendo. Es cierto que esta vez no llegaba cargado de todo ese romanticismo y de esa devoción que me acompañaba en 2018. Además, habiendo conocido otras partes más de Francia, me permitía empezar a hacerle críticas a mi querida ciudad. Los parisinos, su mala predisposición (que sigue costándome aceptar), su olor a pis angustiantemente constante, sus variopintas ratas, su abominable clima de invierno, más que probable causa de los peores reproches existenciales y mezquindades de sus habitantes, su estrafalaria cantidad de indigentes, etcéteras y etcéteras. Pero claro, Paris es Paris, y siempre tendrá preparado algo para todo el mundo, excepto para los turistas orientales, eso espero. En el reino de lo inesperado y de lo incierto, de lo impredecible y la sorpresa, es donde la ciudad encuentra su esencia. En Paris nada es casual, es algo así como un universo paralelo en que cada simple destino (no, el de la cáfila de chinos con sus atrofiadas cámaras y sus ochocientas fotos por metro cuadrado no) está de alguna manera predigitado. Para algunos, también prelimitado. Es una ciudad cruel con quien vive estrictamente en el mundo de lo que hoy nuestra especie llama real. Pero es una ciudad maravillosa para aquellos que tienen alguna neurona aunque sea flotando por otro planeta o para quienes sufrimos en cierto grado el síndrome de la edad de oro, por más que – y repito – parece en algún punto renegar de ese pasado romántico y bohemio. Suelo usar el concepto de locura equívocamente, me es esquiva su precisión y ofrezco mis disculpas por eso, pero creo que hay que estar un poco loco para amar París. O al revés, muy cuerdo, dependiendo del concepto que cada uno tenga de cordura frente a la vida. Pero me perdí, es que cierro los ojos y tengo un sinfín de imágenes que se me vienen a la cabeza y se me entremezclan dulcemente.

A veces nos enamoramos de una idea, y no vemos ni pensamos en quienes se cruzan por esa idea. Siendo un poco más drástico, muchos especímenes de nuestra especie ni siquiera se enamoran de la idea, simplemente se le aferran con tal de seguir rumbo en la comodidad y conformar los status-quo imperantes. Yo pienso que nadie escapa de eso en algún momento; lo divino es poder reconocerlo, admitirlo y compartir el momento. Pero también hay veces que en que no, que aunque me cueste aceptarlo y admitir que no todo está bajo el propio control, hay situaciones que se dan porque se tienen que dar. Existen situaciones y momentos que son más genuinos que el propio hecho de existir. Tendrán su componente de idealización previa y todos los alicientes que se quieran adicionar, pero hay veces que todo el palabrerío y la explicación se derrumba ante la simpleza de los actos, no hay que darle tanta vuelta, para decirlo delicada y literariamente.

Disfruto mucho del tiempo en soledad. De esa certidumbre y comodidad. Pensaba en una noche frente al Sena, con mi baguette tradición y una cerveza belga, y me regocijaba el mero hecho de formularme esa imagen en la cabeza. El tipo solo, en Paris, viendo el agua y la gente pasar. Tal vez leyendo un libro de Guy Maupassant, tal vez escribiendo. Me gustaba esa idea, me gustaba ese plan en solitario. Pero olvidaba lo hermoso que es estar bien acompañado.

Ahí es cuando pienso (y me cuestiono) en casi todas las actitudes de mi personalidad, si son genuinas, impostadas, simple fruto del goce de estabilidad y comodidad, reacciones sociales, etc. Esos momentos de tratar de conocerme no son casuales, sino más bien todo lo contrario. Son instantes en los que me debato entre la nostalgia de algún acontecimiento que pasó y su análisis exhaustivo en busca del aprendizaje, análisis que por cierto tiende a llevarme a la despersonalización de lo que debiera ser cotidiano muchas veces.

Hay sucesos, peripecias para los desacostumbrados, que te quitan de ese lugar de confianza y te exigen un total replanteo de ciertas cuestiones internas, tanto virtudes como problemas, sus causas y sus consecuencias. Sufro las emociones. Sufro el hecho de no poder compensar todo lo que por el interior de mi cuerpo transita con lo que exterioriza (con lo que efectivamente exteriorizo, para hacerme cargo). A veces me pregunto si eso no tendrá una relación proporcionalmente inversa con la libertad, que lleva a lo que algunos llaman felicidad. No lo sé, puede ser. Intento cambiar, pero cada sentido que descarga en mi cuerpo es un estallido por dentro.

Generalmente es uno contra uno y con todo controlado, por eso hay espacios en el tiempo en que las ideas se corren y dejan lugar a los sentimientos. Sería un estúpido si no me permitiera gozar, incluso hacer culto, de estos problemas de petit burguois teniendo la posibilidad de no pensar en los dramas de la gente sin oportunidad. Debiera de pasearme dejando rastros de confianza como la mismísima torre que no permitió que el peor mal se le trepara. Si algo conocí en este viaje fue la más dulce simpleza, que me permitió gozar de un susurro de Edith Piaf y aprender de obras clásicas en la noche vieja, fumar un cigarro y pensar en tu vieja. Perdón.

¿Por qué no valorar cuando te abrazan como las luces de la Place du Tertre por la madrugada como si fueras un prestigioso vecino? Quizás nunca me levante Hemingway por las escalinatas de la Saint Ettiene, y solo guardo un quizás por la potencia impulsadora de la palabra, porque Paris ya no es una fiesta. El mundo ya no es una fiesta; o si lo es, es una semejante a las de la Rusia premoderna, tilinga y para unos poco (s) iluminados. O pregúntenle a Sadi, que vive en un asiento del parque Bercy por donde depositaba sus malezas Canelle y no tiene certezas ni de su propia edad, si alguna vez recibió una mísera invitación a participar, si le fue convidada una pizca de participación. Como sea, pienso que debe existir una conciliación entre esas dos realidades. El problema es cuando uno mira mucho para un lado, que termina confundido en su mismo papel de realidad, sumido en su puesto y lugar en ese submundo y presa de un personaje que a la larga castiga y arruina. Claro que es difícil vivir en las nubes, o en un libro o una película, hasta diría que catastrófico por la magnitud de la probabilidad de fracaso. El golpe es duro. También es difícil convivir con lo que como realidad se concibe. Por eso tiene que haber un cierto equilibrio donde ambas realidades se mezclen, se confundan, hagan el amor y se besen. A veces el instrumento mediador es el tiempo, a veces un momento. Otras veces, una persona y un contexto.

Después de ver el atardecer en la Torre Eiffel, fui a encontrarme otra vez con las pintas de 5 euros y con mi prima, en la que podía ser la última cena por así llamarlo si es que efectivamente lograba viajar a Alemania. Ahí tuvimos nuestra mejor charla, la más amena y la más amistosa, como cuando dos perfectos desconocidos empiezan a tomar confianza luego de algunas salidas. La posibilidad real de no volver a vernos por mucho tiempo creo que jugó su papel, así como también lo hizo el hecho de que, con altibajos, se terminaban unos días que fueron lindos y entretenidos. Me resultó muy interesante porque acostumbro en mi vida a algo totalmente opuesto. He tenido muchas idas y venidas, y muchas despedidas, tortuosas en su mayoría. El mecanismo de defensa de quienes me rodearon generalmente fue el contrario al de mi prima, enojos y peleas sin sentido horas antes del saludo final. Como sea, pasamos un lindo momento y acercamos posturas en muchas cosas, ¡hasta con Francia! Creo que la hice reflexionar un poquito acerca del problema de generalizar y no tener en cuenta el lugar del otro. Puedo pecar de iluso, pero pienso que así fue.

A la noche, ya en el apartamento, el clima era raro. Estaba viciado de un aire de pesimismo sofocante y de lo más heterogéneo. Mi prima y yo somos muy parecidos en muchos aspectos, y totalmente opuestos en otros. Cargamos creo con los mismos estigmas y nos cuestionamos de la misma manera muchísimas cosas de nuestras vidas (y la vida), por lo que una noche mala de ambos puede acabar por contaminar cualquier lugar con los más oscuros y lúgubres pensamientos. Exagero, sí, pero es tan aburrido todo si no hay un drama por detrás. Bueno, el ambiente era raro porque ella al parecer tenía la posibilidad de viajar pero ya no estaba tan decidida a hacerlo. La Deutsche Ban había puesto un tren para aquellos que se vieron afectados por las cancelaciones, pero su disgusto era tal que ni siquiera le importaba perder el dinero. Además, la vuelta también había sido reprogramada y tenía miedo de no poder volar para Argentina el 8 de enero. A todo esto, introduzco una pizca de descripción de la situación de mi prima: está en la etapa de preparación de la tesis doctoral que presenta en París, y el estrés que eso le produce contagia cada uno de sus actos y sus emociones.

Nos fuimos a dormir sin muchas más palabras. Yo me acosté y seguí ideando planes e imaginando posibles escenarios. Estaba muy cansado, pero pocas cosas me importaban más que poder volver a ver ese destino, que había cumplido con creces todas mis expectativas, y disfrutarlo en la noche vieja. Me tomó dos viajes y 8 días conocer lo mejor de mi ciudad predilecta en el mundo, escribí. El próximo día era de lo más incierto del viaje. Un mínimo paso en falso y cambiaban todos los planes. Pero allá fui, apagué el celular, puse la alarma y me dormí.

31 de diciembre de 2019, último día del año. Desayunamos y cerca de las 12 arrancamos para la Gare de l´Est. Su tren salía supuestamente para Stuttgart a las 13:54, pero cuando llegamos a la estación nos dimos cuenta por las pantallas que no existía tal tren. Solo figuraba uno que partía a las 15:54, arribando a destino cerca de las 20 horas. A Nina la esperaban amigos con una pretenciosa y suntuosa comida en Ulm, a poco más de una hora de Stuttgart. Ella ya empezaba a enloquecer, presa de todo tipo de nervios con los cuales me identifico y puedo fácilmente empatizar. Al fin de cuentas, la familia común debe explicar muchas cosas de dos miembros en particular, y más aún si esos miembros se reconocen en muchísimas de sus historias, actitudes y pensamientos.

Nina se precipitaba a la idea de rendirse y pasar la noche vieja en París, ¡conmigo! Yo moría por dentro. Por fuera, mis sentimientos y mis facciones se inmutaban al más impecable orden y a la mismísima calma de un velero que se mira desde lejos. La realidad es que comprendía su situación, pero la mía era distinta. Por eso debía cuidar cada palabra. “Quizás está bueno llegar sobre la hora, te van a recibir con más ahínco y alegría”. “No vas a tener que esperar a que cocinen y toda esa parafernalia pre-fiesta”. “Vas a ver los rayos del sol morir en la nieve a través de la ventana de un tren”. Nada parecía funcionar, así que me limité a acompañarla y cerrar mi estúpida boca. Fuimos al sector de asistencia para ver qué se podía hacer. Todo se tornaba peor a medida que avanzaban los minutos. ¿Ayuda en París? Hombre…

Pero, una vez más, París siempre tiene algo preparado para todos. Siempre. Después de unos minutos de espera nos atendió un señorcito francés de unos 183 centímetros, pelos claros entremezclados con algunos bien blancos, ojos pequeños y arrebatados de protagonismo por unas despampanantes mejillas puntiagudas y sonrisa constante, pero de esas que no emanan falsedad o impostación, sino más bien inspiran algo de culto e intelecto. Todas mis esperanzas se centraban en este maravilloso ejemplar parisino, que no solo hablaba un francés lento y etéreo, calibrado para cualquier recién introducido al idioma, sino también ofrecía sus bondades para el alemán y el inglés. Cuando me preguntan sobre mis ídolos siempre sufro algunos segundos de inhibición y confusión. Yo sé que tengo algunos, pero a veces por momentos me los olvido, o simplemente algunos no los puedo nombrar en determinadas ocasiones, pero desde ese día lo tengo bien en claro: Jean Pierre de la Gare de l´Est ocupa un lugar en ese prestigioso y variopinto podio. Nos dejó contentos a ambos. Solucionó todos los problemas de mi prima, incluso haciéndose cargo con autorización de su gerente del tramo cancelado por la compañía alemana. Así como Napoleón no estuvo solo en sus cruzadas post monárquicas, yo tuve mi ladero en París.

El nuevo tren de Nina salía a las 16, así que nos fuimos a almorzar al Canal Saint Martin, de los lugares más bellos y tranquilos de París. Ahí terminamos de cerrar varias cosas que habíamos hablado la noche anterior. Mis miedos, sus miedos, el amor, las parejas, la convivencia. Conversamos sobre distintos temas profundos, sin tapujos casi. Le conté mi posición respecto a los hijos, tema que pienso la preocupa a sus 34 años. ¿Es necesario para realizarse? ¿Qué es realizarse y por qué realizarse? Yo lo vivo de un modo bastante intenso, pero puedo perfectamente pararme del otro lado y comprender al que cuestiona esa tradición social milenaria de optar por engendrar y criar una nueva vida. Pienso que es un objetivo divino, altruista y a la vez egoísta. A veces me inclino más por la última, pero porque lo miro con mis ojos de niño encerrado en cuerpo adulto que solo quiere volver a vivir un poquito de la infancia temprana, la más despojada de todo vicio y corrupción. También sobre la convivencia, otro tema candente sobre el cual guardo una posición un poco más laxa pero para nada favorable a la hiper naturalización de la perdida de espacio y soberanía individual. Comimos pan con algo, tomamos una cerveza belga y la acompañé de nuevo a la estación para ya si, después de las mil vueltas, despedirla con un abrazo, un gracias y un hasta pronto, deseándole suerte con la asignación de su beca post doctoral y todo lo que se le venía.

Hecatombe superada, como todas las cosas era tan solo una cuestión de tiempo. Una vez le di un consejo a mi hermano menor que me quedaría rondando en la cabeza hasta el día de hoy, no tanto por el mero hecho de que no seguiría un consejo de este alelado relator, sino más bien por lo intrínseco del consejo en sí, lo atinente a la frase (en otras palabras) que le dije, “tranquilo, todo es tiempo, nada tiene tanto sentido si un segundo después ya queda olvidado en el ostracismo, o al menos superado para jamás volver a ser repetido”. Que bestialidad más apática y pavorosa. Hay algo de cierto, pero ughhh, que difícil sentir y poder disfrutar alguna vez así. Quizás yo vivo un poco así (o vivía), o al menos pienso que lo hago. Porque si hay algo que a fin de cuentas vivo cultivando es el sentido a la más ínfima e insignificante situación. Pero lo de mi prima sí estaba superado. Ahora solo quedaban algunas nuevas preocupaciones más y ya. Conocer a los amigos de Nina, mostrarles la cariñosamente cuidada casa y sacar a pasear a Canelle, la piltrafa de mascota que ostentaban. Él trabaja en Facebook, y yo supongo que se pasea con ese esperpento de cuatro patas, halito putrefacto y mirada somnolienta para no vislumbrar una pizca de su estrato social. Estoy siendo muy severo, es una buena perra, única en su dinastía que logra satisfacer de una sola vez ambas necesidades por paseo. Ni siquiera huele culos ajenos. Debo estar escribiendo bajo la influencia de ese día. La maldita no cagaba desde hace dos días y en mi mente la única explicación que le encontraba era aquel sándwich de pollo que le mezclé entre su comida. Venia marchando todo bien. Como en mi vida, a último momento pero satisfactoriamente. La muy descolorida no lo hacía. “Te lo pido por favor, hacelo por aquellos pedazos de baguette que te compartí cuando Nina no nos miraba”, me desvivía en nuestra comunicación infrahumana. Me aprendí el padre nuestro en un santiamén. Lo di y lo intenté todo, hasta que finalmente se dignó a complacerme. Por fin. Ahora sí, la noche estaba a mi merced. El destino me esperaba con esos quesos pestilentes y abigarrados típicos de Francia y vino, para una velada que bien podría ser histórica. Entradas para el réquiem de Mozart en la Madeleine, baguettes, Arco del Triunfo, Sena, Eiffel.

Es mi tercera vez en París. Dicen que nunca permanece igual ante cada visita, que siempre se le encuentra algo distinto. Para mi sin duda fue así, y algo de mi queda ahí. Y no está mal, al fin de cuentas viajo recogiendo pequeñas cosas que dejo para abrazarlas y darles otra vuelta de tuerca. Si tan solo pudiera volver y rescatar algunas partecitas y guardármelas para siempre, mi vida sería una fiesta. Es como que parte de mi vida siempre estuvo en suspenso, esperando esto. Honestamente no sé qué circunstancias y factores contribuyen en el armado de una opinión (¿cariño, amor, admiración?) sobre otra persona o lugar, tampoco sé qué tan fácil es entenderlo como un proceso totalmente consciente. Lo que sí puedo conocer es la importancia de esas horas que se venían, en las que no existiría mañana. Tenía las entradas para el Réquiem de Mozart en la Madeleine. En realidad, tan solo tenía un ticket electrónico en mi teléfono. Supongo que por esa razón me había olvidado por un rato de la existencia de semejante espectáculo en mi itinerario de corto plazo. Cuando me acordé, fue otra causa de susto y pensamientos. “¿Valdrá la pena? ¿Estará bien? ¿Cómo me visto? No tengo más que las dos o tres mudas que uso todos los días. ¿Y si me emociono como dijo Nina?”. Pero era tarde como para seguir perdiendo tiempo. Había ido a comprar un gorrito a un barrio pegado a Bercy, caminando, desde ya. Se me estaba haciendo tarde porque además de bañarme y prepararme, tenía que darle una limpieza final al apartamento. Pero la noche iba a ser larga, fría y a la intemperie. Necesitaba un maldito gorro. Cuando llegué al H&M, único local abierto a esa hora un 31 de diciembre, descubrí luego de recorrer exhaustivamente los tres pisos que no había sección de hombres. La verdad que quería asesinar a alguien, aunque sea un flacuchento para que no oponga mayor reacción y sea rápido, pero tuve la buena idea de ir a la sección de gorros femeninos y pude encontrar uno similar al que quería. Lo compré y, ahora sí, encaré para la casa.

Hice todo a las corridas. Limpié, me bañé al son de “I Might be Wrong”, mi canción de empoderamiento y motivación, saqué por última vez a Canelle, preparé la mochila, cargué el pan, el vino, la cámara y salí.

Fui caminando por la Rue de Bercy, escuchando un poco de Aristimuño. Cuando pasé por la Gare de Lyon se me vino a la mente una situación con mi psicólogo, un punto de inflexión en la terapia de dos o tres años que habíamos encarado. Un punto de inflexión para él. Todo versaba sobre algo diminuto, una aparente bagatela carente de toda relevancia. Pero a Carlos le quedó siempre en la cabeza y cada tanto la usaba como una poderosa arma psicoanalítica sobre mí: “acordate de lo de Green Day”. No sé qué tanto de verdadera herramienta poseía y qué otro tanto le correspondía al artilugio clásico de psicoanalista que se agarra de los pocos recursos dizque valiosos y los exprime hasta el pescuezo. Pero voy a dejar al benemérito colega de mis ambos padres en paz por el momento. El asunto giraba en torno a aquella vez que me debatí hasta el agotamiento si debía asistir o no al estúpido recital de la mencionada banda, que si mal no recuerdo fue a finales de 2017 en el estadio de Velez. La gente, multitudes, mis reacciones ante la atenta (!!!) mirada de mis amigos y el público eran tan solo algunos de los elementos que me frenaban para finalmente pedirle a mi amigo Rafa que agregue una entrada más para mí. La última sesión antes del concierto me retiré expulsado del recinto psicoanalítico. Fiel a su querido Lacan, Carlos decidió cortar antes ese día y pegarme una dulce y simbólica patada en el culo. Me exhortó con su mirada agotada a que compre las benditas entradas o me asegure de no volver a su diván. Y funcionó. Y estuvo bárbaro. Y volví a su recinto. Me lo recordó por siempre.

Para el Réquiem no dudé tanto, solo algunos minutos y más que nada por razones presupuestarias. Además, iba bien acompañado, lo cual influía de sobre manera. Creo que si tocaba ir a una charla de autoayuda y liberación espiritual brindada por un malayo con olor a curry me hubiese apuntado lo mismo.

Seguí caminando, bordeando el Sena, relajado y escuchando cada ruido del camino. Pasé por varias de las atracciones parisinas que ya tanto me conozco. La quemada Notre Dame, el Hotel de Ville, la Sulpice, ¡la Sulpice! Ahí era supuestamente la obra. Hace algunos días la había visitado y tomé fotos del cartel que tenía colgado en su puerta y rezaba lo siguiente: reveillón, 150 artistes, requiem de Mozart et neuvième symphonie de Dvorak. Me cuestioné, no con mucho entusiasmo ni firmeza, por qué nos estábamos encontrando en el Louvre, la supuesta mitad de camino, pero no presté mucha atención. El combo que preparaba la noche para mí era un somnífero letal. París, Sena, destino, Mozart, fuegos, Torre Eiffel… nada podía perturbar mi cabeza. Nada podía siquiera preocuparme en lo más mínimo, ni la posibilidad de que los amigos de mi prima levanten la alfombra del baño o la del living.

Cuando ya estaba por la zona del Louvre, al menos cerca, me metí por adentro. Sigo sin saber qué es ese edificio o lo que carajos sea. Pero fue de mis lugares preferidos de la ciudad. Serían cerca ya de las 20 y lógicamente no quedaba un alma en la calle. Era un cuadrado perfecto, amurallado simétricamente a cada lado y repleto de napoleónicos adoquines. Me paré en el medio de todo y de repente algo se paseó sobre mí. Fue como una sombra fugaz, un remolino sempiterno que dejó sabor a poco con su partida, un aroma fresco y espeso en el medio de la miserable neblina parisina que permitía empezar a saborear lo que se venía, la esencia de París que me envolvería por algunos segundos para arroparme y desecharme como a todo el que pisa su suelo. Una especie de luz divina que llega de quien sabe dónde para hacer su trabajo por milésimas de tiempo y luego dejarte el sabor de repelente del que hace gala la ciudad. Retraté el momento y continué por adentro, cruzando las gigantescas y melindrosas puertas hasta llegar a las trilladas pirámides del Louvre. En mi viaje anterior una argentina que conocí y que vivía ahí me había dicho que ese era el lugar donde pasaba todas las fiestas. No me había llamado en lo más mínimo la atención ni despertado ningún tipo de interés. ¿Por qué alguien en su sano juicio elegiría ese lugar estando el Sena y la Torre Eiffel a unos pocos metros? Claro, tenía la imagen diurna y cotidiana de esas manzanas repletas de multitud, filas, bullicio, chinos sacando fotos, modelos posando con el estúpido dedo como para tocar la punta de alguna pirámide en la fotografía, que me pregunto por qué no se lo meten en el culo, autos, buses, ruido, quilombo. Esa noche era una experiencia total y diametralmente distinta, hasta diría que con cierto nivel de liturgia y magnetismo. Ahí se encontraba mi destino. Dulce, etéreo, simple, brotando de música, arte, historia y emoción. El clima era horrendo, pero sentía calor. Ahí fue que me di cuenta de que el réquiem para el que había comprado entradas no era en la Sulpice. Había sacado ticket para otro concierto. Misma obra, pero en la Madeleine, otra mítica iglesia de la ciudad. Tomaba sentido el punto de encuentro. No me hice mucho problema. Aparte, ¿quién es el sabio que manda a tocar la misma obra en el mismo día y en dos diferentes iglesias? Solo quería que esté todo bien y ya. Un poco me dolió el hecho de que en la Sulpice eran 150 artistas y dos obras, pero ya no tenía importancia.

Tuve el honor de sentarme con una directora de orquesta, que me enseñó y transmitió cada uno de sus conocimientos. También me corrigió a tiempo los aplausos fuera de tiempo. Bueno, casi todos. A partir de algunos escalofríos de los buenos, razoné y descubrí mi gusto por esa clase de eventos. También debo decir que luego de la performance de Lacrimosa, la parte que más me emocionó, me fui por unos segundos del concierto. Se fue mi cabeza, digo. Pensaba en la nobleza de trasmitir conocimientos, un acto de generosidad y grandeza. También habrá algo de regocijo propio del que enseña, pero compartir lo que se sabe con alguien a quien apenas se conoce me parece sencillamente maravilloso. Tal vez es culpa de que pienso en los que se van sabiendo mucho y dejando poco. Como sea, la velada empezaba por traerme un poco de vida, nuevo aliento.

Cuando terminó, sin querer y sin saberlo, estábamos en la entrada principal del Arco del Triunfo. Digo entrada porque estaba todo vallado y cercado varias cuadras a la redonda. Desde la Champs de Elysee, se esperaba un show de luces y fuegos artificiales con una concurrencia de 30000 personas. Luego de unos minutos de espera, sofocamiento, empujones y embotellamiento, logramos traspasar la barrera que formaban los policías de la guardia nacional. Con el vino, el pan y los quesos en nuestro haber, y con la ilusión de vivir uno de esos espectáculos memorables que se ven por tele cada fin de año. Nos sentamos en la vereda a unos 500 metros del Arco, y abrimos el queso. Uno de esos con olor a muerto, por supuesto. Ya habíamos descorchado el vino pequeño antes, un rico merlot de la zona de Bourdeaux. Estábamos solos, encerrados por una marea de humanos y turistas orientales que iban y venían formando un todo bastante homogéneo. Y se hacían las 12 sin que nos demos cuenta. Comenzaba el show de luces, pero ni siquiera atinábamos a levantarnos. Lo veíamos por los teléfonos de la gente que teníamos parada a nuestros lados y que se desvivía filmando. Para nuestra sorpresa, el show duró nada más que 5 minutos, al cabo de los cuales la muchedumbre se desconcentró silenciosa y displicentemente. A mí me pareció todo muy raro. La gente no se saludaba, solo filmaba. La mayoría parecía estar ahí por el mero hecho de no perderse algo extraordinario (que jamás sucedería). Quizás por eso la desazón y el rápido desalojo del final. No lo sé, a mí me importan un bledo las lucecitas, los colores y todo eso, creo que también quería ir sencillamente para decir “sí, estuve ahí”. Pero no fue como se ve en la tele. De hecho, las pantallas proyectaban un show muchísimo más digno y colorido que el mismísimo espectáculo. Nosotros nos saludamos incómodamente, grabamos nuestros videos, esperamos un rato y también nos marchamos. Pero nuestra noche recién comenzaba. Nos dirigimos a la Torre Eiffel. Fuimos tranquilos, paseando entre la gran cantidad de gente que parecía escoltarnos. Quizás querían ser parte de esta noche, de mi noche, nuestra noche. O no lo sé, tal vez también tenían planes, ideas, emociones y pensamientos; yo ya andaba un poco absorto y había perdido la noción del otro y de nuestros cohabitantes terrícolas. Bordeamos la torre por los Camps de Mars, satisficimos necesidad de primer orden y subimos las escalinatas de los Jardines del Trocadero. No nos quedamos mucho tiempo, el clima general no era tan ameno. Luces, autos, autos con música fuerte, parlantes, gente yendo y viniendo, vendedores por doquier. Pensamos que era mejor volver para el Louvre y así lo hicimos. Fue una gran idea. Íbamos caminando tan a gusto y tan contentos como profundos y atentos, conversando sobre nuestro pasado, nuestra historia, nuestras relaciones, nuestros proyectos, libros, sus cuatro acuerdos, música, posturas frente a diversos temas. Cuando llegamos finalmente al vallado museo, nos tiramos en unas escaleras del costado. Ella sacó una manta. Hacía mucho frio. Yo estaba un poco asustado (y contrariado, pero no viene al caso) por el hecho de que habíamos hablado de todo, absolutamente todo, y no sabía si íbamos a seguir teniendo tema de conversación. Pero hay gente que siempre la tendrá. Y no necesariamente incurriendo en divagaciones o relatos inacabables y putrefactos de rutina y sufrimientos cotidianos. Pienso que hay mucho de contenido en eso, pero que también se trata de algo más elevado. La dulzura de los sonidos, el gusto por su relato, la impecabilidad de las palabras. Hay personas que son como pentimentos, y rasques cuanto rasques siempre vas a encontrar algo.

Estuvimos ahí tirados muertos de frio un buen rato. Acompañados por una rata que iba y venía, como disfrutando de provocarnos sobresaltos. Ella se sentía en Ratatouille. Yo, como cada vez que veo una rata en Paris, pensando en cómo exterminarlas y en lo imposible de tal empresa sin tener que apagar y cerrar la ciudad por completo. Sin embargo, a pesar de este episodio con el roedor, y contrario a lo que a menudo me sucede, mis pensamientos no andaban por ahí pololeando, estaba en ese momento casi todo el rato. Lo estaba disfrutando.

Se hicieron las cuatro de la mañana y pensamos que era hora de largarnos. Yo estaba congelado y con la espalada contractura por mi incómoda posición en la escalinata, y ella no sentía los dedos de las manos. La acompañé hasta su hostel, en Montmartre. Fuimos andando por varios lugares emblemáticos de la ciudad, pero no presté mucha atención. Por el camino estaba el Opera, las galerías Lafayette, la Gare du Nord, Moulin Rouge, la Sacre Coeur. La noche empezaba a agotarse. La nostalgia ya comenzaba a saludarme. Era una de las mejores noches de mi vida, sin ningún tipo de duda. Siempre todo puede ser mejor, y yo lo sabía. Pero todo es tiempo, así que me entregué al momento y deje que surta su efecto.

Me volví con esa sentencia en la cabeza, escuchando el disco Amnesiac, como acostumbro en los días que por alguna razón siento más poder o más cercanía hacia algún sentimiento que me lleve a tierra bendecida. Eran cerca de las 6 creo. Fui bordeando el canal Saint Martin y pensando en lo bello que es para las personas que como uno cuentan los momentos de felicidad con los dedos de la mano, el hecho de recién haberlos transitado.

Un viaje es más que palabras, es un conjunto de experiencias dentro de un determinado período en el que forzosamente se escapa de algo. O no necesariamente. Quizás es simplemente una búsqueda, o un divino instrumento para calmar la ansiedad y la curiosidad. No lo sé la verdad, sigo sin poder definir de manera concreta lo que significa para mí un viaje o el viajar. Sí sé, lo cual no quiere decir que tenga la facilidad de expresarlo, lo que provoca en mí un viaje. Nunca vuelvo igual. Viajar me calma la sed de conocer, pero a la vez la retroalimenta, abriendo un sinfín de nuevas puertas. Creo que es algo muy personal, y que versa sobre el propio enfrentamiento a la vida misma. Llevo ya algunos viajes y al final de cuentas todos rondan sobre lo mismo: quién soy, dónde estoy y hacia dónde voy. Solo que cambiando de paisaje y belleza. Pero esta vez fue distinto, Paris fue una fiesta.

Facebook Comments

You may also like

A %d blogueros les gusta esto: