Preludio À París

Generalmente, cuando escuchamos o leemos la palabra «romántico» la asociamos directamente al amor. Y cuando se nos viene «amor» a la cabeza, solemos pensar en un tercero. Sea persona, animal, objeto, la cuestión es que extirpamos de nuestro –yo– todo ese conjunto de sentimientos que se relacionan con lo romántico. Pensaba, mientras cruzaba en zig-zag los Jardines de Luxemburgo para llegar a mi alojamiento en el Latin Quartier, en cómo a veces nos olvidamos de disfrutar momentos con nosotros mismos. Por supuesto que no hace falta volar 14 horas para hacerlo, pero que bella es París, cómo logra que nos empapemos de romanticismo y disfrutemos de cada detalle, incluso de los más pequeños, de los insignificantes. Y no creo que sea por reemplazar al tercero, sino más bien por acompañarnos en ese proceso fugaz e intermitente de amarnos como sujetos, de amar lo que somos, de valorar nuestra existencia y aferrarnos a la vida que tenemos. Hemingway comenta al pasar, en sus relatos parisinos, “París es la ciudad mejor organizada para que un escritor se desenvuelva”. ¿Qué más que eso? Es decir, la ciudad que nos permite realizarnos como lo que realmente somos o pretendemos ser. Y creo que a eso apunta el concepto de lo romántico, a ser, a desprendernos de lo superfluo, de nuestros prejuicios, de nuestros miedos, nuestras angustias, y sentir, nada más sentir. Acompañados o no, Paris es vivir.

Recuerdo en estos momentos lo que me comentó una compañera de paseo nocturno parisino, el mismísimo 14 de Febrero:

“Para mí, San Valentin es esto: pasear por el Sena, admirar la maravillosa Notre Dame, disfrutar el momento, los detalles…París es mi Valentín.”

París…

Para empezar, me gustaría comentar un poco qué es o cómo es París. Seguramente, mucha gente ya haya visitado la impactante capital francesa, y con ellos/ellas podremos sintonizar (con matices, obvio) y hacernos cómplices en el relato. Pero también hay mucha gente que no tuvo la oportunidad de conocerla. Aunque todos la hayamos vivido a través de una película o algún libro, me gustaría, empáticamente, aportar mi granito de arena para que aquellos que no pudieron visitarla puedan cerrar los ojos e imaginarse por un segundo que están paseando por algún callejón de Montmartre, comiendo un creppe bajo la Torre Eiffel o leyendo alguna reliquia en la Shakeaspeare & Co, observando la lluvia caer y la gente pasar.

Un rocío esquizofrénico tiñe la ciudad, dejando en cada paso un dulce y viscoso aroma que brota del asfalto por su humedad. El aroma recorre narices somnolientas que vagan bajo toldos, pierde potencia en algunos pelines y logra penetrar incluso en las más escépticas neuronas. Nubes y neblina se llenan de presencia con los suspiros que provoca, y exudan toda su felicidad. Rotondas de furioso adoquín, llenas de autos y motonetas de un infernal ir y venir. Me pregunto cómo hacen sus calles para nunca privarnos de sentir la suave melodía de La Vie en Rose y, llenas de sonido, no invadir. Líneas despintadas, seguramente pisoteadas por los generosos 169 centímetros de Napoleón en su marcha hacia Austerlitz. Policías de impecable uniforme dirigen a la sazón de etéreos movimientos en cada misteriosa intersección, y hacen del silbato un instrumento más feliz. París es una ciudad de pocos colores, pero que parecieran haber sido elegidos meticulosamente como para evitar que nos distraigamos de lo importante, de la mística del camino, y podamos disponer de toda nuestra atención para disfrutar de sus bondades en libertad. Gigantes edificios, desgastados elegantemente por el transcurso del tiempo y por la humedad. Diríase que fueron todos pintados del mismo tono, un opaco y sobrio amarillo que simula rosado en su exterior. Balcones diminutos de negras y petizas barandas. Mesa, banqueta, florero y angostas puertas en vitraux, sueño de inmejorable amanecer. Tejados de escandaloso gris azulado y multiplicidad de áticos variopintos, cada uno con su encanto particular. París es sentir que se aparece por cada una de esas ventanitas algún poeta a espiar. << Quizás ahí vivió Renoir. O Rousseau. ¿Tal vez Picasso, Baudelaire, Cézanne? >>. Levantar la vista y seguir el trazo del sinfín de aviones que se pasean por sobre su existencia, dejando el rastro de quien procura retornar.

Callejuelas de final incierto, con sus firmes y anochecidos faroles, que se erigen como infaltables en cada postal. Bares y cafés de fachada verde potente y rojo Moulin Rouge, con sus gentilhombres de pipa y sombrero, y sus damas de escéptica mirada y delicados dedos en –v– llenos de Virginia Slim, batiéndose en el silencio del exterior. Con sus sillas y sus mesas apuntando decididamente a la calle, de manera de no privarse de ninguna escena y casi como invitándonos a compartir con ellas el rol de espectadoras de lujo de la sociedad. Mozos de exuberante fragilidad y bigote refinado con puntiagudo final. Mozas de cabello corto y revuelto, y calzas violeta repletas de naftalina bajo el delantal, listas para terminar su día y salir a pintar. Mañana será un nuevo hoy. Un acaracolado río divide la ciudad. Sus puentes, llenos de candados y librerías, son una perdición para el que con apuro va. Se podría decir que son el refugio ideal para descansar. Cuando sueño con la inmortalidad, me tele-transporto mágicamente al Pont de la Tournelle. De fondo, Notre Dame. Ay, el poder de la felicidad…

Paris es revivir las aventuras del personaje de esa película o novela que tanto nos gustó. Salir con Jeanne a danzar, sentarse en las escaleras de una iglesia y esperar que Scott Fitzgerald nos pase a buscar, juntarse con Michelle en un puente a charlar o descubrir con Amelie algún alma indefensa a la que podamos apadrinar. Vamos a ser sinceros, París también es esperar que sucedan cosas maravillosas que sabemos que no sucederán, y eso es lo que la convierte en una ciudad tan especial. Perderse en el estupor de sus calles, en lo más redondo de nuestra creatividad, imaginando que esto o lo otro va a pasar. Food for thoughts, por más que seamos conscientes de que ciertas idealizaciones se nos desmoronarán estrepitosamente, evitando en su caída cualquier atisbo de gravedad. Es evidente que París ya no es una fiesta, y que el barrio latino, con su preciosa Place Contrescarpe, padece más de un encanto escénico o figurativo, que de uno real. C’est comme ça. Así y todo, existen momentos, mayormente nocturnos, donde todo se apaga, cuando ya descansan los orientales lava ropa y los petite chefs grecs, que nos devuelven un poco de esa París romántica con la que algunos fantaseamos y nos llevan a esa edad de oro que tanto anhelamos, reconfortando así un poco aquellos corazones que buscan desesperadamente otra forma de existir, y que no pararán hasta encontrar aunque sea un ápice de esperanza que les permita volver a soñar.

París abre el juego para ese camino inútil en búsqueda de la felicidad, que todos vivimos, transitamos y nunca terminamos de atrapar. París es la deconstrucción-construcción de nuestro –yo– en un santiamén. París es, finalmente, ese lugar en el que cualquier entusiasta crítico, hasta el más desprovisto de todo talento, puede jugar a convertirse en la realización de sus más creativos y pretenciosos sueños.

Yendo un poco más a lo terrenal, París es una gran urbe, con todo lo que una gran urbe debe tener. Canillitas, cafés, metro, locura, río, noche y vino. Afabilidad y hostilidad. Paz y Guerra. París es también una fraternal lucha de contrastes, que en cuestión de un pestañeo nos lleva de extremo en extremo, recorriendo con estrépito todos los elementos de su vasto repertorio.

Consignas históricas, recuerdo de los caídos, nostalgia por algún pasado literario triunfal. Bohemia. París es pasearse por el vecindario de Amelie, imaginar los escondites secretos de Picasso, de Toulouse-Lautrec, descubrir las musas inspiradoras de Edith Piaf. ¿La gente? Dejemos a la gente en paz. Los hay divertidos, alegres, amables. Otros y otras sufren lo que todo habitante de una gran ciudad capital, no siendo simplemente capaces de disimular. Y así… París también es descubrir el sinfín de personalidades heterogéneas que deambulan por el metro, por las esquinas, por las plazas, y jugar a sacar conclusiones apresuradas sobre sus misteriosas vidas, a analizarlas, a clasificarlas socialmente sin la más mínima intención de comunicar (se). << ¿Trabajando? Estás en París… es sólo un paso, ¡viví! ¿Y aquél? ¿Leerá Camus en el Café de la Paix? ¿Irá a encontrarse con su amante en los Jardines de Louxembourg? Oh si, oh la la París, la ciudad del amor. La Ville Lumiere >>.

París, a orillas del Sena, es baguette, queso y malbec. Juventud, algún artista deleitándonos con un clásico en su bandoneón y plus rien.

París es romanticismo, París es revolución.

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