Es El Viaje | Damián Camargo 

Viajar es una de esas actividades que contribuyen a ver y entender el mundo desde una perspectiva muchísimo más profunda y abarcadora. Desde ya que no todos tienen la posibilidad de hacerlo, pero actualmente existe un sinfín de oportunidades e, incluso sin viajar, me parece sumamente importante tomarse el tiempo, unos minutos, para ver y leer cosas que suceden afuera. Comparar vivencias, estilos de vida, leer noticias, etc. Entender lo global, para comprender lo local. Además, acepto el desafío de compartir mis viajes para lograr, en cierta manera, hacer viajar a gente que no lo puede hacer por alguna razón y, también, recordarle momentos a gente que sí lo hizo.

En realidad, padezco de una severa adicción a conocer, y tomo los viajes como la mejor oportunidad para calmarla. Amo al que vive para conocer, y al que quiere conocer para que un día viva el súperhombre, diría Zaratustra. Y siento que si de-construyo un poco esa adicción, en el fondo está la pregunta que guía mi vida, y la de muchos otros. ¿A qué venimos? Puede que esa pregunta sea un camino inútil, como también puede que lo sea el camino de la felicidad. Más aún, probablemente sea lo que conlleva esa pregunta lo que bloquea el camino hacia ella, hacia la eudaimonía. Pero aprendí en estos últimos tiempos que, si de verdad existe la felicidad, hay que buscarla, y para buscarla, hay que creer en su existencia.

Soy de los que creen que tenemos que amar lo que hacemos, y no necesariamente buscar lo contrario. Es muy posible que amemos pocas cosas, pero de lo que estoy seguro es de que hacemos muchísimas. Y esto mucho tiene que ver con vivir, con ser entusiastas. Me recuerdo en estas horas de un pasaje de Guerra Y Paz, del magnífico Tolstoi, que reza:

 

«Aprovechemos la libertad que tenemos mientras sentimos tanta fuerza y juventud en lo más profundo de nuestro interior.»

 

Por otro lado, entiendo que existen, pecando de reduccionista, dos maneras o dos formas de vivir: están los que viven para sí, y los que viven para los demás. Creo que ambas, sin servirse la una de la otra, llevan al fracaso. En el medio, y en la mezcla, hay una carretera por la cual transitan muchísimas combinaciones interesantes. Y creo que todas apuntan a algo en común, que es, entendiendo el tiempo y el espacio en que vivimos, buscar esos momentos de felicidad, donde las angustias y debates por la existencia se esfuman, y parecen carecer de toda relevancia y materialidad.

Como sea, creo que esos momentos se encuentran con gran facilidad, al menos a mí así me sucede, cuando viajamos. Y en mayor medida, cuando viajamos para conocer, o para aprender. Es decir, con algunos objetivos. Me considero un estudioso del viaje (?). Antes de cada viaje, leo, veo películas, series, diarios, documentales, lo que sea. Siento que con todo eso, viajo buscando algunas sensaciones que de antemano sé que van a suceder. No sé cuándo, ni en qué lugar, pero sé que en algún momento, por sorpresa, las experimentaré, y después podré escribir sobre ellas. Porque otra parte fascinante de los viajes es la vuelta… Volver con lo aprendido, tomar lo bueno y aplicarlo, comparar, recordar, y finalmente, escribir (esto último, muy personal).

Muchas veces escucho cosas un poco trilladas como “viajar te abre la mente” o paráfrasis de Mark Twain. Más allá del espanto literario que me provocan (¡oprobio!), son frases que por lo general esconden un trasfondo sumamente rico. Pienso que todos y todas tenemos una riqueza que se nos esparce vagamente en distintas incumbencias, no permitiéndonos a veces explotarla eficazmente. Un viaje, justamente, cataliza todas esas partículas para que podamos aprender y absorber conocimientos por cada momento que pasamos en otra comunidad o sociedad, y sacar lo mejor de nosotros, mejorarnos.

Comer un plato local, charlar con un taxista, comprar unos cigarrillos, sentarse en un bar a tomar una cerveza, admirar un edificio, etcéteras y etcéteras. Cuando estamos afuera, tenemos la oportunidad de aprender y comparar nuestras cotidianidades con las de otros, algo que a veces nos lleva a incluso valorar mucho más lo que tenemos. Acá, en Argentina, existe una suerte de creencia popular de que todo lo de afuera es mejor y eso muchas veces no es cierto. Viajar y conocer otros lugares también nos da esa posibilidad de ver y comprender que las personas somos diferentes y que las sociedades son totalmente diferentes. Hay cosas que se harán mejor afuera, cosas que no. Cosas que serán más lindas afuera, cosas que no. Y así…

Vengo viajando de a ráfagas hace un par de años, cuando el trabajo y la facu me lo permiten, y siempre me llamó la atención la idea de crear un blog para, por un lado, escribir mis vivencias, y por otro, mostrar las diferencias entre distintos países, ciudades y continentes en cuanto a lo político, lo económico, lo cultural y, sobre todo, lo social. Más aún, en Diciembre me recibo de Contador (UBA pública, libre y gratuita), y si todo sale bien, el año que viene continúo mis estudios en el viejo continente, lo cual me daría la posibilidad de mezclar y cumplir varios objetivos a la vez.

Además, como dije arriba, y por más que a los argentinos se nos haya complicado bastante en estos últimos años, creo que hay muchísimas oportunidades para viajar y voy a intentar difundirlas constantemente para contagiarlos. En este sentido, verán que algunas de las secciones brindarán apoyo a esta cruzada en pos de desmitificar que viajar sea caro y para pocos. Secciones en las que colaborarán amigos y amigas que comparten esta pasión.

PD: cualquiera que esté armando un viaje y necesite ayuda en algo, un consejo, una opinión, estoy siempre disponible para ayudar desde donde sea. Basta con un mensaje directo en Instagram o un mail.

 

Make your own pyramids, write your own hieroglyphs.